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Qué dicen los datos sobre la situación de las mujeres agricultoras en España de cara a 2026 

por MujerAGRO
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Hablar de las mujeres agricultoras en 2026 en España es hablar de una realidad en constante evolución y avance, pero también de un proceso lento, pausado y lleno de resistencias aún por superar. Los datos disponibles entre 2021, año del último diagnóstico estatal y 2025 permiten una radiografía que muestra claramente la creciente incorporación y visibilización del sexo femenino en el sector primario. Las estadísticas muestran con nitidez que, aunque la presencia femenina en el sector primario ha crecido, la posición que ocupan las mujeres continúa siendo más precaria, más inestable y más vulnerable que la de los hombres. 

La desigualdad no ha desaparecido. Ha cambiado de forma. 

Por Julia Álvarez García, periodista

Con el objetivo de ofrecer una radiografía actualizada de la situación de la mujer en el sector agropecuario, MujerAGRO ha elaborado este nuevo informe apoyándose en el estudio Mujer Rural 2025. Situación sociolaboral de las trabajadoras en el sector agropecuario español, publicado por CCOO. A partir de este análisis, el informe examina la evolución registrada en los últimos años y pone el foco en los principales retos que siguen pendientes de cara a 2026. 

Un punto de partida desigual 

En 2021, el Diagnóstico de la Igualdad de Género en el Medio Rural del Ministerio de Agricultura Pesca y Alimentación ya advertía de una brecha clara en el acceso al empleo. En el conjunto del medio rural, la tasa de empleo femenina se situaba en el 51,6%, frente al 60,6% de los hombres, una diferencia de nueve puntos porcentuales que evidenciaba un menor acceso de las mujeres al empleo en igualdad de condiciones. 

Cuatro años después, los datos de la Encuesta de Población Activa analizados por CCOO permiten descender al detalle del sector agropecuario (agricultura, ganadería, silvicultura, pesca y actividades auxiliares) y confirman que esta desigualdad persiste. En 2025, las mujeres representan el 29,1% de las personas ocupadas en el sector agrario, pero concentran el 41,4% del desempleo, lo que refleja una mayor dificultad para acceder y mantenerse en el empleo agrario. 

Más mujeres, pero no por un cambio estructural 

El análisis de 2025 introduce, eso sí, un dato positivo que conviene no ignorar. En el último año, el empleo femenino en el sector agrario ha crecido en más de 11.000 mujeres, lo que supone un aumento cercano al 5%. La tasa de feminización del empleo agrario ha pasado del 27,8% al 29%

Sin embargo, este avance contiene un apartado con letra pequeña. El incremento de mujeres se produce al mismo tiempo que salen hombres del sector. El agro actúa como un “sector refugio”: cuando otros sectores absorben empleo masculino, las mujeres entran; cuando llegan las dificultades, son ellas las primeras en salir. 

No se trata, por tanto, de un cambio estructural, sino de un ajuste coyuntural del mercado de trabajo

Precariedad, formación y salarios 

El patrón se repite cuando se analizan las condiciones laborales. Aunque la reforma laboral ha reducido de forma significativa la temporalidad en el sector agrario, las mujeres siguen concentrando las formas de empleo más inestables. En 2025, la tasa de temporalidad femenina alcanzaba el 33,7%, frente al 31,4% de los hombres, situándose muy por encima de la registrada por las mujeres en el conjunto de la economía. La precariedad, por tanto, continúa teniendo un marcado sesgo de género. 

A esta inestabilidad se suma la jornada parcial y el subempleo, fenómenos que siguen afectando de manera desproporcionada a las trabajadoras del agro. En este apartado, no se trata de situaciones puntuales, sino de un patrón persistente que dadas sus características de impermanencia, limita la continuidad laboral y la consolidación profesional de las mujeres en el sector. 

En el caso de los perfiles migrantes, la desigualdad se vuelve aún más invisible. Aunque su presencia en el paro registrado es menor que la de las mujeres de nacionalidad española, esto no se traduce directamente a una mejor situación laboral, sino a una mayor exclusión de los sistemas de protección por desempleo debido, en ciertos casos, a su exclusión en las estadísticas oficiales pese a ser uno de los grupos con mayores niveles de precariedad y desempleo real en el sector agrario. 

Más formación no equivale a un mayor reconocimiento 

Aquí, lo que resulta especialmente revelador y paradójico es que, según los datos disponibles del Observatorio Diagnóstico de la Mano de Obra Agraria con Perspectiva de Género, elaborado por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, las mujeres del sector agrario presentan, de media, un mayor nivel formativo que los hombres. Sin embargo, esta mayor cualificación no se traduce en mejores puestos ni en una mayor estabilidad laboral. Al contrario, muchas de ellas se concentran en determinados subsectores con menores requerimientos formativos y en tareas auxiliares, con menor reconocimiento y peores condiciones. 

Salarios bajos, mayor desgaste: la desigualdad también se mide en salud 

En materia salarial, la brecha de género se ha reducido ligeramente en los últimos años, pero no ha desaparecido. En 2023, el salario medio mensual de las mujeres en el sector agrario fue un 12,7% inferior al de los hombres. Incluso cuando se analizan únicamente los contratos a jornada completa, la diferencia sigue rondando el 11%, lo que confirma que la desigualdad no se explica solo por el tipo de jornada, sino por una estructura laboral que continúa penalizando a las trabajadoras. 

Esta desigualdad económica tiene una traducción directa en la salud laboral. En el sector agrario, el reconocimiento de enfermedad profesional ha pasado en los últimos años a concentrarse mayoritariamente en las mujeres. Su peso en estos reconocimientos ha aumentado de forma sostenida, del 39% en 2013 al 56,2% en 2024. Un giro que no responde a una mayor protección o a mejores mecanismos de detección, sino a una mayor exposición a condiciones de trabajo precarias, repetitivas y físicamente exigentes, muchas veces invisibilizadas y poco adaptadas a las trabajadoras. 

¿Supondrá 2026 un cambio real para las mujeres agricultoras? 

No es posible ofrecer una mirada futurista cerrada. Lo que sí permiten los datos es constatar que la comparación entre 2021 y 2025 deja un balance ambivalente. En estos años se han impulsado iniciativas relevantes, como la designación de 2026 como Año Internacional de la Agricultura o el desarrollo de proyectos como MujerAGRO, que contribuyen a aumentar la presencia femenina en el sector, mejorar el marco normativo, reforzar la visibilidad estadística de la desigualdad y atraer a más mujeres al ámbito agropecuario. 

Estos avances son positivos y necesarios, pero resultan insuficientes si no van acompañados de cambios estructurales. La igualdad real no llegará solo a través de iniciativas simbólicas o programas aislados. Debe venir de la mano de las instituciones y de políticas agrarias y de desarrollo rural que incorporen de forma efectiva un enfoque feminista y territorial. 

En este sentido, los fondos europeos, las ayudas de la PAC y los programas de desarrollo rural tienen un papel clave. Su diseño y aplicación deben orientarse a promover empleo estable y digno para las mujeres rurales, garantizar la conciliación y evitar que las oportunidades laborales y la renta sigan dependiendo del territorio en el que se vive. Solo así 2026 podrá marcar un punto de inflexión real y no quedarse en una oportunidad perdida. 

En definitiva, no hay futuro para el sector agrario ni para la industria agroalimentaria mientras sigan sosteniéndose sobre la precariedad y la invisibilidad de las mujeres rurales

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