MujerAGRO cumple una década impulsando la igualdad en el sector agroalimentario. Su impulsora, Gissele Falcón Haro, reivindica un futuro donde la diversidad sea una estrategia de competitividad y las mujeres ocupen el lugar que les corresponde en la transformación del medio rural.
Por Marga López Polo, periodista agroalimentaria.
MujerAGRO cumple diez años. ¿Qué necesidad detectaste en el sector agroalimentario para poner en marcha un proyecto que impulsara la igualdad y la visibilidad de las mujeres?
Cuando nació MujerAGRO, el sector agroalimentario avanzaba en innovación, digitalización y sostenibilidad, pero seguía arrastrando una desigualdad estructural que no se estaba abordando con la profundidad necesaria. A pesar de contar con un nivel formativo similar al de los hombres, las mujeres seguían sin ocupar espacios de decisión, sin reconocimiento legal en muchas explotaciones y sin visibilidad pública. La Ley de Titularidad Compartida llevaba ya cinco años en vigor, pero su aplicación era mínima: apenas un número simbólico de mujeres había logrado acceder a este derecho básico.
Y lo más revelador es que, casi quince años después de su aprobación, la situación sigue mostrando desigualdad. Hoy, las mujeres representan solo el 29% del empleo agrario, pero soportan más del 41% del desempleo del sector, una desproporción que evidencia las dificultades reales que encuentran para acceder y mantenerse en el mercado laboral agrario. Todo ello demuestra que las barreras no eran, ni son, individuales sino estructurales.
Desde Siete Agromarketing entendimos que no podíamos permanecer al margen. Era necesario crear un proyecto que visibilizara, reconociera y acompañara a las mujeres del sector, pero también que generara un movimiento capaz de redefinirr la cultura agroalimentaria desde dentro. Y nuestra herramienta es la comunicación y la divulgación de rostros con nombres propios. El Proyecto MujerAGRO nació para eso: para poner nombre, rostro y espacio a mujeres que siempre han estado ahí, sosteniendo cada eslabón de la cadena alimentaria y liderando en silencio, en puestos considerados de segunda categoría, pero sin ocupar el lugar que les corresponde. El Proyecto está inspirando e influyendo en nuestro sector, esto nos empuja a no parar.
A lo largo de esta década, desde MujerAGRO se han visibilizado miles de proyectos. ¿Qué te ha enseñado este camino sobre la fuerza transformadora de las mujeres en el sector agroalimentario?
Me ha enseñado que cuando las mujeres tienen su lugar, lo transforman todo. En estos diez años hemos recibido más de 250 candidaturas a los Premios MujerAGRO, cada una con una historia de esfuerzo, innovación y liderazgo. Mujeres que emprenden, que sostienen el medio rural, que modernizan explotaciones, que lideran cooperativas y empresas, que introducen tecnología y que generan empleo.
Los datos lo confirman: cuando las mujeres logran incorporarse plenamente, lideran más que los hombres. El 36% de las mujeres activas en el sector son empresarias, frente al 33% de los hombres. No es una cuestión de capacidad, sino de oportunidades.
Y si hay un espacio que ha demostrado esa fuerza transformadora de manera colectiva, ese ha sido el Foro MujerAGRO. Nueve ediciones después, se ha consolidado como un punto de encuentro imprescindible para el sector: un lugar donde administraciones, empresas, cooperativas, organizaciones profesionales y mujeres líderes se sientan a dialogar, a cuestionar inercias y a proponer soluciones reales. El Foro ha permitido que la igualdad deje de ser un discurso para convertirse en una agenda compartida, y ha contribuido a que el sector agroalimentario y la sociedad entienda que la diversidad no es un reto, sino una oportunidad estratégica.



El talento no entiende de género, pero las oportunidades lamentablemente sí entienden de género. Las mujeres no queremos hablar más de igualdad, necesitamos una incorporación real, tenemos la suficiente capacidad para asumir este liderazgo. Y lo vemos en mujeres que han pasado por el proyecto, que hoy ocupan puestos de responsabilidad, han consolidado sus empresas o se han convertido en referentes. Esto demuestra que la visibilidad no es un gesto: es una herramienta de transformación. Y que cuando el sector escucha a las mujeres, el sector avanza.
Entre las acciones de este proyecto, destaca el Certificado Empresa por la Igualdad MujerAGRO, que se ha consolidado como una herramienta pionera. ¿Qué significa para ti ver a empresas asumir este compromiso?
El Certificado nació porque era necesario pasar de las palabras a los hechos. El sector necesitaba una herramienta que reconociera a las empresas que están trabajando por la igualdad, no solo desde la comunicación, sino desde la gestión interna y la toma de decisiones.
Para mí, ver a las empresas asumir este compromiso significa que el mensaje de MujerAGRO ha calado: que la igualdad ya no se entiende como un añadido, sino como un eje estratégico. Cada entidad que se certifica revisa sus procesos, identifica brechas, incorpora medidas reales y se obliga a rendir cuentas. Eso transforma culturas corporativas, abre oportunidades y elimina barreras que durante años han limitado el talento femenino en el sector agroalimentario. Contar con planes de igualdad es obligatorio en muchos casos, el mérito está en cumplirlos, en hacer cambios estructurales, bajo un trabajo equitativo.
Hoy ya son más de 25 entidades las que se han sumado, desde cooperativas hasta grandes empresas hortofrutícolas. El sello no es solo un distintivo: es un compromiso público, una forma de decir “estamos cambiando las cosas desde dentro”. Y ese compromiso tiene un impacto directo en la retención de talento, en la innovación y en la competitividad del sector.
La presencia de mujeres en órganos de decisión sigue siendo baja. ¿Qué cambios culturales y estructurales crees que deben producirse?
Necesitamos cambios profundos. No basta con abrir la puerta: hay que garantizar que las mujeres puedan cruzarla y permanecer dentro en igualdad de condiciones. Las administraciones deben seguir impulsando marcos normativos que faciliten un reconocimiento legal por derecho, no por excepción. La igualdad no puede depender de la voluntad individual, sino de estructuras que protejan, reconozcan y acompañen.
Pero la ley, por sí sola, no transforma un sector. Necesitamos que las organizaciones revisen sus estructuras, que apuesten de verdad por la titularidad compartida, que faciliten la conciliación y que entiendan que la diversidad no es un gesto, sino una estrategia de futuro. La igualdad se construye en los consejos rectores, en los comités de dirección, en los planes de formación, en los procesos de selección y en la forma en que se reparte el poder dentro de las empresas y cooperativas.
El relevo generacional es uno de los grandes retos del sector agroalimentario. ¿Qué papel crees que juegan las mujeres en este desafío?
El relevo generacional no es solo una cuestión de continuidad: es una cuestión de futuro. Y en ese futuro, las mujeres son imprescindibles. Cuando una mujer decide quedarse en el medio rural, emprender o asumir la titularidad de una explotación, no solo garantiza la continuidad de una actividad económica; garantiza la vida de un territorio, la cohesión social y la sostenibilidad de un modelo productivo que forma parte de nuestra identidad.
Sin embargo, para que ese relevo sea real, necesitamos que las mujeres tengan las mismas oportunidades que los hombres para incorporarse al sector. Eso implica acceso a la tierra, a la financiación, a la formación y, sobre todo, al reconocimiento legal y social de su trabajo. Si una joven no ve referentes, si no encuentra estructuras que la apoyen o si percibe que su aportación es invisible, difícilmente elegirá este camino.
Debemos hacer atractivo y asequible el sector, y poner a disposición de las jóvenes profesionales las herramientas tecnológicas necesarias para facilitar su incorporación al medio rural, sin olvidar a quienes ya están en él. Y nuestra apuesta es la formación para liderar.
Por eso, el papel de las mujeres en el relevo generacional es doble: son protagonistas y, al mismo tiempo, son la clave para que el sector evolucione. Las mujeres aportan innovación, diversificación, nuevas formas de gestionar y una visión más sostenible del territorio. Cuando ellas se incorporan, el sector se moderniza. Cuando ellas lideran, el sector se transforma.
Cuando hablamos de ese relevo, no es solo generacional, sino también de mujeres que sufren el llamado edadismo, y que están suficientemente capacitadas.
MujerAGRO se ha adherido a los Principios WEPs de ONU Mujeres. ¿Qué te gustaría que ocurriera en los próximos diez años?
La adhesión a los WEPs, los Principios para el Empoderamiento de las Mujeres de ONU Mujeres, marca un antes y un después. Supone alinear nuestro trabajo con un marco internacional que impulsa la igualdad en el empleo trabajar alineadas con los ODS, con el mercado y en la comunidad. Es un compromiso que nos sitúa en un ecosistema global donde las empresas, las organizaciones y los proyectos que apuestan por la igualdad avanzan juntos, compartiendo estándares y responsabilidades.
En los próximos diez años me gustaría ver un sector agroalimentario donde la igualdad no sea un objetivo, sino una realidad cotidiana. Un sector donde las empresas integren la igualdad en su ADN, no como un requisito, sino como una ventaja competitiva. Donde las mujeres rurales tengan acceso a recursos, tecnología, financiación y liderazgo en igualdad de condiciones. Donde la visibilidad no sea una excepción, sino la norma, y donde la corresponsabilidad y la conciliación formen parte natural de la cultura empresarial.
Y, sobre todo, me gustaría que el compromiso se traduzca en resultados: más mujeres en los órganos de decisión, más explotaciones en titularidad compartida, más jóvenes que vean en el sector un futuro posible y más empresas que entiendan que la igualdad es una inversión en sostenibilidad, innovación y resiliencia. Ese es el camino que queremos recorrer en la próxima década. Y recordar que la igualdad es una tarea de todos y todas.


