1

“En M de Molina cultivamos origen: cuidamos la tierra, preservamos la artesanía y damos voz a mujeres que mantienen viva nuestra historia”

Con motivo del Año Internacional de la Agricultora, entrevistamos a Antonia Molina Manrique y Concha Molina Manrique, quienes continúan una tradición familiar ligada al cultivo del olivar y al cuidado del territorio. Desde sus fincas impulsan mejoras en las plantaciones y en los sistemas de riego, apostando por soluciones más eficientes que permiten optimizar los recursos hídricos y aumentar la productividad, siempre desde el respeto a la tierra y al origen.

Tomasteis el relevo del negocio familiar en 2007 y habéis estado vinculadas al campo desde siempre. ¿En qué momento decidisteis dar el paso y dedicaros profesionalmente a la agricultura?

 El campo siempre ha sido nuestro lenguaje. Crecimos entre olivos, entendiendo que la tierra no se trabaja, se cuida. En 2007 dimos un paso que fue mucho más que profesional: fue emocional. Decidimos continuar la historia familiar, pero también reinterpretarla. Así nace M de Molina, desde el respeto al origen y con la voluntad de hacer las cosas de otra manera: con calma, con conciencia y con un profundo sentido artesanal.

Antonia Molina Manrique y Concha Molina Manrique

En vuestro caso desarrolláis toda la actividad del olivar, desde el cultivo hasta la transformación y comercialización. ¿Habéis percibido cambios en los últimos años en la presencia y el papel de la mujer dentro del sector olivarero?

El cambio es real, pero también es una recuperación de lo que siempre ha estado ahí. Las mujeres han sido parte esencial del campo, aunque muchas veces sin voz. Hoy esa voz empieza a escucharse con fuerza. En nuestro caso creemos que no se trata solo de ocupar espacios, sino de transformarlos: de aportar una mirada más consciente, más conectada con el origen, con el detalle y con el valor de lo bien hecho.

Cuando alguien piensa en el trabajo en el sector agroalimentario, ¿qué creéis que imagina y qué parte de esa realidad no se está contando lo suficiente?

Se piensa en esfuerzo, y lo hay. Pero se habla poco de la belleza que hay en este oficio. De la artesanía que implica cada decisión, de la intuición, del respeto por los ciclos naturales. Para nosotras el campo es también cultura, identidad y emoción. Lo que falta por contar es que detrás de cada producto hay una historia viva, un territorio que se expresa y una forma de entender el mundo.

Gestionáis una empresa que abarca desde la producción hasta la comercialización. ¿Qué creéis que aporta el liderazgo femenino en la gestión de proyectos agroalimentarios?

Aporta una manera de estar. De escuchar, de observar, de construir desde el equilibrio. En M de Molina el liderazgo no se impone, se cultiva, como el propio olivar. Creemos en una gestión que combina sensibilidad y criterio, tradición e innovación, donde lo artesanal no es un valor añadido, sino el corazón del proyecto. Liderar así es también asumir una responsabilidad con el territorio y con las personas.

Trabajáis cada campaña con mujeres, muchas de ellas en situación vulnerable. ¿Qué perfil de mujer está llegando hoy al campo y percibís una mayor incorporación o interés por parte de ellas en el sector?

Llegan mujeres con historias complejas, pero con una fortaleza inmensa. El campo, cuando se dignifica, se convierte en un lugar de oportunidad real. En nuestro caso cada campaña es también un espacio de encuentro, donde el trabajo va más allá de la producción: es acompañamiento, aprendizaje y reconstrucción. Sí percibimos más interés, pero sobre todo más necesidad de que este sector se muestre como lo que puede ser: un lugar donde volver a empezar.

En el contexto del Año Internacional de la Agricultora, ¿qué mensaje creéis que todavía falta por trasladar a la sociedad sobre el papel de las mujeres en el campo? ¿Por qué es importante esta iniciativa?

Falta reconocer que las mujeres no son el futuro del campo: son su presente. Han sostenido el territorio en silencio durante generaciones. Esta iniciativa es importante porque visibiliza, pero también porque dignifica. Porque pone nombre y valor a algo que siempre ha estado, y abre camino para que otras mujeres puedan verse reflejadas y legitimadas.

Si una mujer joven se plantea hoy trabajar en el campo o emprender en el sector agroalimentario, ¿qué le diríais?

Que no renuncie a su mirada. El campo necesita nuevas formas de hacer, pero sin perder el alma. Creemos que el futuro está precisamente en ese equilibrio: en respetar el origen mientras se innova con sentido. Es un camino exigente, pero profundamente auténtico. Y hoy, más que nunca, hay espacio para construirlo desde lo femenino.