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De la huerta familiar a la frutería de barrio: la historia de Frutería Casa Rosarito un ejemplo de emprendimiento en el Año Internacional de la Agricultora 

El Año Internacional de la Mujer Agricultora, declarado por la ONU para 2026, pone el foco en quienes sostienen, muchas veces desde la discreción, una parte esencial del sistema alimentario: las mujeres que trabajan en pequeñas explotaciones familiares y en el comercio de proximidad. Historias como la de Carmen Luque Posada reflejan cómo ese vínculo entre el campo y el consumidor se construye día a día con trabajo, constancia y vocación. 

Por Julia Álvarez García, periodista

Desde el proyecto MujerAGRO conocimos a Carmen durante las XIX Jornadas de 5 al día, donde fue reconocida como ganadora de la categoría Proyecto con más Impacto en la Sociedad. Un galardón que pone en valor no solo la calidad del producto que ofrece en su frutería, sino también el papel social que desempeña el comercio local en los pueblos. 

Hoy hablamos con Carmen sobre su trayectoria dentro del sector agroalimentario, marcada por un claro relevo generacional. Su historia es la de una segunda generación vinculada a la frutería, un oficio que, en su caso, comenzó mucho antes de ponerse detrás de un mostrador. 

“Mi relación con la frutería empieza desde el origen. Mi padre era agricultor y llevaba el género a Mercasevilla, y mi madre desde la cocina de casa también vendía a las vecinas del pueblo”, recuerda. 

Carmen y su hermana crecieron ayudando en ese entorno agrícola. Mientras ella recogía los productos del campo, su hermana se encargaba de colocarlos cuidadosamente en las cajas. “Yo iba recogiendo y mi hermana colocaba los productos porque ella era más perfeccionista que yo”, explica.  

Con el paso de los años, aquella actividad familiar terminó convirtiéndose en un proyecto profesional. Cuando su padre se jubiló, Carmen ya trabajaba en la frutería. Más tarde, al retirarse también su madre, asumió la gestión del negocio. 

“Mi hermana y yo somos la segunda generación de fruteros. Cuando mi madre se jubiló pasé a ser la dueña o gerente”, cuenta. 

Aunque su hermana había estudiado Pedagogía y estaba preparando oposiciones, finalmente decidió quedarse en la tienda familiar. Desde entonces ambas trabajan juntas al frente del negocio. 

Lo cierto es que el oficio siempre estuvo muy presente en la vida de Carmen. “A mí siempre me ha gustado mucho la frutería, de hecho cuando era pequeña, yo jugaba a tener una tienda, y los Reyes me trajeron un año una caja registradora, y yo con los papeles de publicidad de los supermercados, los recortaba y me hacía mi propia frutería, y mis hermanos eran mis clientes.” 

Tras terminar sus estudios de E.G.B., decidió quedarse a trabajar en la frutería familiar y así, tras varios años en el negocio, gracias al trato con los clientes y el contacto directo con el producto fresco terminaron por consolidar su vocación. 

“Mi jornada empieza a las 3:00 de la mañana. Lo primero que hago es seleccionar el género que voy a comprar. Después mi marido, Juan, empieza a recogerlo de cada puesto y a cargar la furgoneta”  

Alrededor de las siete de la mañana regresan a la frutería, donde su hermana ya ha comenzado a preparar el local. Entre los tres descargan la mercancía y organizan el género antes de abrir al público. En ese proceso de selección hay un criterio que Carmen nunca pierde de vista: la calidad. “Lo primero en lo que me fijo es en la calidad y la frescura del producto. A ser posible que sea nacional y de cercanía”. 

Aunque es difícil poder elegir un solo producto entre todos los que vende, Carmen reconoce que hay algunos de los que se sienten especialmente orgullosos en la tienda. “Tenemos tomates con sabor de antaño, con mucha carne y poca pipa; aguacates super cremosos, melones dulces como el caramelo…” 

Pero más allá del producto, lo que realmente da sentido a su trabajo es la relación con los clientes. Como confiesa Carmen, en una frutería de barrio, la confianza se construye con el paso de los años.“Nuestros clientes son más bien familia o amigos. Sabemos lo que le gusta a cada uno, hemos visto nacer a sus hijos y hoy en día ellos siguen comprándonos”, explica. 

Ese vínculo cercano ha sido una de las claves del reconocimiento que recibió por parte de la Asociación 5 al día.  “Cuando recibí el premio podía parar de llorar porque me acordaba mucho de mi padre. Él me enseñó mucho de lo que sé hoy en día”, recuerda. También pensó en su madre, que esperaba la noticia en casa, y en su hermana, pieza fundamental del proyecto. 

Para Carmen, el premio tiene un significado muy especial: demuestra que incluso una pequeña frutería de un pueblo puede tener un gran impacto en su comunidad. 

“No podía creer que una frutería tan pequeña, de un pueblo pequeño, hubiera conseguido llegar tan lejos”. 

En un contexto en el que el comercio local puede llegar a verse a veces desplazado por grandes mercados, la historia de Carmen se ha convertido en un ejemplo de emprendimiento femenino.  

“Lo más importante es ser constante y que te guste lo que haces. Hay que dar pasos cortos, pero seguidos, y pensar que lo que haces hoy dará sus frutos mañana. Emprender es de mujeres valientes, y nosotras las mujeres lo somos”.